miércoles, 12 de septiembre de 2012

Mis razones para decir "no" a la independencia de Catalunya



Ayer, en Barcelona, pudimos ver cómo transcurría la manifestación convocada por la Assemblea Nacional Catalana en favor de la independencia de Catalunya. A tal manifestación acudieron, aproximadamente, un millón y medio de personas, según la Conselleria de Interior y la Guardia Urbana de Barcelona.

Últimamente, mucha gente se está sumando al carro del independentismo. Ser “indepe” está de moda y eso provoca que muchos, sobre todo jóvenes, digan que también lo son y enarbolen la “estelada”. Lo fastidiado viene después, cuando preguntas por qué se quiere la independencia. Ahí la cosa ya no está tan clara. O, simplemente, se aducen motivos económicos como, por ejemplo, el tan nombrado “Espanya ens roba” (España nos roba) en referencia a la diferencia tan grande que existe entre lo que Catalunya aporta económicamente al Estado y lo que, después, recibe. Pero, ¿es la independencia la mejor solución?

En mi humilde opinión, no.

Primero porque, para mí, cualquier opción que divida en vez de sumar esfuerzos, no es buena. El independentismo se basa en la exclusión, en un “no te quiero a mi lado”. Y, particularmente, en la actual situación de crisis económica global, lo que hay que hacer es aunar esfuerzos para salir, todos juntos, de esta coyuntura.

Segundo porque, económicamente, el independentismo catalán ha pecado de victimismo. No es cierto que Catalunya sea la Comunidad Autónoma que más aporta al Estado. De hecho, las que más aportan son Islas Baleares y Madrid. Y Catalunya, la tercera. Y tampoco es cierto que sea la que menos recibe. De hecho, es la décima en ese apartado. Además, Madrid aporta más que Catalunya y recibe menos y, por el momento, no veo quejas del pueblo madrileño y, mucho menos, que, por eso, se quiera la independencia.

Dejando de banda que el dinero que ha tenido y tiene Catalunya se podría haber gestionado de otra manera más eficiente y malgastándolo menos (tanto con los gobiernos de CiU como con los del Tripartit), es cierto que Catalunya podría estar mejor si tuviera un trato mejor. Pero hay otras opciones a la independencia, empezando por el tan nombrado pacto fiscal o siguiendo por un Estado Federal: el País Vasco o Navarra gestionan sus propios impuestos (el denominado “cupo”) y es perfectamente constitucional; y, en un Estado Federal, cada Estado podría hacer y deshacer con su economía lo que quisiera.

Tercero porque, dudo mucho que, con la independencia, se solucionaran los problemas económicos. Todos los países, sean grandes o pequeños, ricos o pobres, tienen problemas de índole económica en este momento. Si eso es así, ¿qué puede hacer pensar que nosotros seríamos la excepción en todo el mundo y que nuestra economía funcionaría a las mil maravillas? Tendríamos que seguir importando productos básicos porque nosotros sólo producimos agricultura y algo de industria (ojo, y que las empresas industriales no dirían “oh, sí, ahora que Catalunya es independiente vamos allí a instalarnos” porque prefieren irse a China o India porque les sale más barato producir allí) y la independencia no nos asegura que no continuara habiendo recortes en sectores sociales, dado que la derecha (CiU) tendría muchos números para seguir gobernando.

Cuarto porque, concretamente el independentismo catalán, basa algunos de sus puntales en mentiras históricas. Como, por ejemplo, decir que Catalunya lleva 300 años de ocupación y represión. Echando la vista atrás y estudiando un poco de Historia descubrimos que, lo que sucedió allá por 1714, en la Guerra de Sucesión al trono de Castilla y Aragón (ojo, no fue una guerra entre Catalunya y España y, de hecho, España aún no existía como tal) fue una disputa bélica entre la casa de los Austrias y la casa de los Borbones. Por causas que no vienen al caso, Catalunya se posicionó y luchó en favor de la casa de los Austrias. Y perdió, llegando al trono un Borbón: Felipe V. Como en todas las guerras que ha habido, hay y habrá, el perdedor siempre sufre una pérdida de libertades y de derechos. Repito, como en todas las guerras.

Que, en aquella época se dijera que Catalunya estaba ocupada y reprimida, lo acepto. Porque, además, era verdad después de la proclamación del Decreto de Nueva Planta y de la construcción de un recinto miliar que vigilaba la ciudad de Barcelona: la Ciutadella. Pero dicho Decreto ya no existe y la Ciutadella, ahora, es un parque.

Quinto porque, personalmente, tengo demasiados vínculos con otras regiones del resto de España como para querer desligarme de ellas. Procedo de raíces andaluzas y un pueblecito de Aragón, Benabarre, es mi segunda casa. Cualquiera que esté en mi misma situación podrá entenderme.

Sexto porque, en el actual marco de gobierno europeo no tiene sentido la independencia. Europeamente hablando se quiere avanzar hacia la unión política de todos los Estados de la UE y que haya un único gobierno europeo. Si eso es así, ¿qué sentido tiene independizarse para, luego, volverse a unir? Además, tengamos en cuenta que, para entrar a la Unión Europea, todos los Estados miembros tendrían que estar a favor. Y dudo mucho que España lo estuviese. Por tanto, nos quedaríamos fuera tanto del euro como de la UE, con todo lo que eso conlleva.

Séptimo porque el propio movimiento independentista se contradice. Uno de sus lemas es “tots units fem força” (todos unidos hacemos fuerza). Y, si todos unidos hacemos fuerza… ¿para qué dividirnos?

Octavo porque, si se permite la independencia de Catalunya, ¿qué podría impedir, después, la independencia de las provincias de Tarragona, Lleida, Girona y Barcelona y, luego, de Sant Adrià del Besós, Torredembarra, Alfarràs, Rupit o Berga? ¿A que eso ya no mola tanto?

Noveno porque ¿y después qué? Siempre que preguntas a algún independentista sobre un proyecto de futuro la respuesta es “primero la independencia y, luego, ya veremos”. Pues mire, lo siento pero no. Cuando compro un producto me gusta saber por qué y para qué lo compro, qué utilidad le voy a dar, no comprarlo y luego ya veré qué hago con él. Y más si el producto es político y afecta a todas nuestras vidas y nuestro futuro.

Personalmente, soy muy catalanista y defiendo la nación catalana donde quiera que yo esté. Estoy a favor del derecho a decidir y que sea el pueblo catalán quien, democrática y libremente, se exprese y decida qué modelo de gobierno quiere y qué quiere ser en el futuro más inmediato. Pero estoy en contra de una de las consecuencias que puede conllevar el derecho a decidir: la independencia.

En un momento como el actual, de recortes en todos los ámbitos y, especialmente, en los ámbitos sociales, tenemos que unirnos, aunar nuestras fuerzas y luchar contra ello. No dividirnos. No tiene que haber lucha entre pueblos, tiene que haber lucha entre clases.

A los diferentes gobiernos (central y catalán) ya les va bien que se hable de independencia. Todo el tiempo que se hable de ello será tiempo que no se hable de recortes. Y eso, ¿en detrimento de quién va? De todos nosotros.

martes, 28 de agosto de 2012

La eterna polémica


En los últimos días, y los últimos meses, en Barcelona, ha vuelto a surgir la polémica de la prostitución en las calles. El Ayuntamiento de Barcelona ha reformado la Ordenanza de Convivencia Ciudadana con la que se sanciona a las prostitutas con una multa de 100 a 750 euros y a los clientes de 1000 a 3000 euros.

Con esto, el Ayuntamiento, lo único que hace es esconder lo que no gusta a la vista, pero no ataja el problema. Es decir, hacer ver que “aquí no pasa nada”. Pero sí que pasa. Muchas mujeres y hombres recurren a la prostitución como vía de subsistencia o son explotadas/os por mafias. Tanto el uno como el otro, son problemas graves. Y “limpiando” las calles de prostitutas, esto no se soluciona. Pero, claro, también hay personas que ejercen la prostitución de manera voluntaria. ¿Cómo solucionar este problema?

Hay quien dice que lo que hay que hacer es abolir la prostitución, que desaparezca. Está muy bien, y lo comparto, para aquellos casos en que el ejercicio de la prostitución viene inducido por condicionantes externos a la voluntad de esa persona (ya sean económicos, de mafias, etc.).

Eso sí, lo que nunca podemos hacer es prohibirle a alguien hacer algo. Si, por ejemplo, ahora mismo me diera el venazo y se me ocurriera, bajo mi libertad individual, ganar unos euros con la práctica del sexo, ¿quién eres tú, estimado lector, para impedírmelo?

Lo que se tiene que hacer es luchar contra esos condicionantes externos de los que hablaba antes. Por un lado, hacer que el nivel económico de ciertos sectores sociales (especialmente los más pobres, que es donde se concentra más la prostitución) sea más alto, para que no se tenga que recurrir a la prostitución como una forma de ganar dinero para poder sustentarse a sí mismo y a los suyos.

Y, por otro lado, luchar contra las mafias. ¿Eso cómo se consigue? Haciendo que la presión policial sobre ellas sea más fuerte y, también, legalizando la prostitución. Siempre que hay una mafia o un mercado negro sobre cualquier cosa es porque no está legalizado. Sólo hace falta echar un vistazo para ver que es así.

Además, legalizando la prostitución se estaría dando cobertura tanto legal como sanitaria a todas esas personas que, por voluntad propia, desean ejercerla. Actualmente estas personas viven en un limbo jurídico del que muchas piden, a gritos, salir y que se les reconozcan sus derechos. Asociaciones de prostitutas lo piden y, si ellas mismas, organizadas, lo demandan ¿por qué no dárselo? Precisamente, no se es más de izquierdas por negar derechos.

Eso sí, esto no significa que esté diciendo que todas las mujeres y todos los hombres (que también los hay, y cada vez más) que se prostituyen lo hagan de manera voluntaria. Evidentemente, hay que luchar contra las mafias y contra las redes de explotación para que estas desaparezcan, como he dicho antes.

Pero nunca prohibir. Y menos, escondiendo los problemas debajo de la alfombra y criminalizando a las prostitutas como quiere hacer el señor alcalde de Barcelona, Xavier Trias.

domingo, 1 de julio de 2012

La austeridad no es la solución


En los últimos años, como solución a la crisis, se nos ha dicho que debíamos ser austeros. Es decir, gastar menos. Y, a ser posible, casi no gastar. Esa ha sido la receta mágica que, desde Europa y, en especial, desde Alemania y Francia, se ha ido pregonando a los países que tenían problemas (Grecia, Italia, Irlanda, Portugal, España…)

Pero pensemos un poco: si el Estado gasta poco, tiene que reducir en servicios, en personal, en salarios y en subvenciones, becas y ayudas (cosa obvia). Si estas partidas se reducen, la economía se contrae. ¿Por qué? Cosa obvia también: si reduces en personal y salarios, la gente tendrá menos dinero para gastar y consumir; si reduces en subvenciones, becas y ayudas, la gente tendrá menos dinero para investigar o abrir negocios, etc.

Por lo tanto, siguiendo esta teoría, si aplicas demasiado fuerte la austeridad, harás que la gente tenga menos dinero para gastar. Si la gente gasta poco, el consumo se reduce. Si el consumo se reduce, los comercios tendrán menos dinero. Si un comercio tiene menos dinero o bien cierra o bien echa a trabajadores a la calle. Si esto ocurre, aún habrá más gente que tenga menos dinero. Si aún hay más gente que tenga menos dinero… me imagino que sabréis cómo sigue la frase.

Así pues, ¿es la austeridad la solución a la crisis? Yo creo que no. Si no se impulsa la economía y el empleo es tremendamente difícil que salgamos de esta. Por no decir imposible. Y la austeridad es precisamente todo lo contrario.

Alemania pregona tanto por la austeridad porque hace diez años pasaron por tiempos difíciles y, apretándose el cinturón, consiguieron salir. ¿Sólo con eso? No. También fue gracias a que los países de alrededor (sí, esos que ahora están tan mal) compraban las exportaciones alemanas. Por tanto, Alemania recibía dinero en forma de ventas de sus productos. Al recibir este dinero, las fábricas seguían funcionando correctamente. De esta manera, no se echaba gente a la calle. Por lo tanto, la gente hacía que aumentara el consumo y, por ende, la economía. Eso, junto a la austeridad (o sea, a gastar menos) hizo que las cuentas de Alemania estuvieran saneadas.

Es decir, la austeridad puede ser buena, sí, pero si detrás también hay un plan de impulso de la economía y del consumo. O de los ingresos del Estado. La austeridad, por sí sola, nunca puede hacer que una economía emerja. Al contrario, hará que la economía se contraiga más y más. De ahí que las sucesivas reformas que ha hecho y hace el Gobierno no hagan que salgamos de la crisis.

A todo esto, además, hay que sumarle el problema de la deuda y de los mercados financieros. Pero, eso, ya es otro tema.

domingo, 10 de junio de 2012

Pon la otra mejilla, que te doy otra ostia


El jueves, Rajoy dijo que España y sus bancos no necesitarían ningún rescate. El viernes, la Vicepresidenta primera del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, dijo que el Gobierno esperaría a ver los informes de las auditorías de empresas externas (que se conocerá de aquí a dos semanas) y del FMI para tomar una decisión. Ayer, los miembros del Eurogrupo (el grupo de países pertenecientes al euro) acordaron rescatar a los bancos españoles. El valor de ese rescate es de 100.000.000.000 (cien mil millones) de euros. Y el rescate, evidentemente, lo pidió España porque “es lo mejor”. Para colmo de despropósitos, hoy, Mariano Rajoy ha dicho que no sabe por qué no se rescató antes a España.

¿Cuál es la esencia de todo esto? O bien el Gobierno no tiene ni puñetera idea de lo que tiene que hacer o bien nos miente a todos flagrantemente. No sé cuál de las dos opciones prefiero. Y no sé cuál es peor.

Este rescate, oficialmente, está destinado a salvar a los bancos españoles. Pero, de facto, es un rescate a España. Evidentemente, Europa no va a dar dinero a cambio de nada. Este rescate se tendrá que devolver con intereses. Intereses que, evidentemente, harán que aumente nuestra deuda. Y, si aumenta nuestra deuda, ¿qué ocurre? Más recortes. Por si el PP no hubiese hecho ya suficientes recortes fastidiándonos a todos, ahora Europa reclama que se vuelva a subir la edad de jubilación y que se suban impuestos como el IVA, entre otros.

Como no podía ser de otra manera, el ministro De Guindos, ayer, durante el anuncio del rescate a los bancos, dijo que este rescate no supondría ningún condicionamiento fiscal a los españoles. Y, hoy, Rajoy, en la comparecencia a la que se ha visto obligado a hacer para explicar el rescate, pese a que no quería hacerla, ha dicho que no habrá más recortes. Otra mentira más.

Igual yo no entiendo mucho de economía, pero, ¿si es lo mejor para España por qué no se ha hecho antes? Y, ¿por qué si el problema son los bancos, se tienen que recortar gastos sociales como educación y sanidad? Si la crisis está producida por los bancos, que la paguen los bancos. Los ciudadanos no tenemos ninguna culpa de que hayan hecho lo que han querido con nuestro dinero.

Rescatan a los bancos y tendremos que pagarlo los ciudadanos. Encima de cornudos, apaleados. Pero, ¿hasta cuándo?

domingo, 22 de abril de 2012

Estoy muy cabreado.

Mucho. Hasta el extremo. Y, lo siento, pero no voy a ser políticamente correcto.

Ayer el Gobierno del PP anunció nuevos recortes en educación que, supuestamente, harán que ahorremos 3.400 millones de euros. Medidas que, entre otras cosas, dicen que no se van a sustituir a los profesores que tengan una baja de menos de dos semanas, se eliminan todos los bachilleratos para dejar, simplemente, uno de ciencias y otro de letras y se aumenta la capacidad de las aulas para que puedan acoger hasta a 36 alumnos.

Lo siento, pero parece que estos señores en su puñetera vida hayan pisado un instituto.

Haciendo esto lo único que van a conseguir es una masificación innecesaria de las aulas y unos profesores cada vez con más problemas. Porque, además, se les exige un mínimo de 21 horas lectivas. Que no son 21 horas de trabajo, porque a eso hay que añadirle el tiempo para preparar las clases, corregir trabajos y exámenes, etc., etc., etc.

A los docentes no se les puede exigir que trabajen cada vez más. Ya van muy saturados de trabajo como para que, además, no se puedan poner enfermos (y, si un compañero suyo se pone enfermo, tener que, además, sustituirle) y se les aumenten las horas laborales. Y, además, recortándoles el salario y derechos laborales.

Y a los alumnos tampoco se les puede hacer esto. ¿Quieren recortar las vías por las que pueden especializarse, después, en diferentes carreras eliminando bachilleratos? ¿Quieren masificar las aulas y que, por lo tanto, el ambiente para dar una clase esté cada vez más cargado? ¿Alguna vez han intentado dar clase a casi 40 alumnos estos señores y han visto lo complicado que es?

¿Es así como vamos a salir de la crisis? ¿Saldremos empeorando la educación para que cada vez salgan alumnos peor preparados? ¿Mejoraremos la educación teniendo profesores con bajas por estrés cada poco? ¿De verdad queremos una educación así? ¿De verdad pensamos que, con este modelo, los alumnos saldrán bien preparados para el mercado laboral del día de mañana?

Yo creo que no y que, además, tenemos que indignarnos, manifestarnos, protestar. Y cuantos más seamos, mejor. Se quieren cargar la educación pública pero, conmigo, que no cuenten.

martes, 3 de abril de 2012

Eurotrampa


Estos últimos días, y desde hace ya un cierto tiempo, venimos asistiendo a cómo tanto el Gobierno de la Comunidad de Madrid como el Govern de la Generalitat de Catalunya se dejan querer por el magnate Sheldon Adelson para que una de estas dos regiones sea la que acoja el complejo de ocio bautizado como Eurovegas.

Ayer tuvimos el último capítulo –hasta el momento– de este culebrón, el cual se desarrolló en la original Las Vegas. Enviados de ambos gobiernos fueron hasta la ciudad norteamericana para entrevistarse con dicho magnate y rebajarse (o venderse, como prefieran) hasta límites insospechados.

¿Por qué rebajarse? Porque está muy bien que el Eurovegas vaya a dar empleo a casi 200.000 personas. Pero… ¿a cambio de qué? Las contrapartidas que este “humilde” señor quiere no son pocas, a saber: exención fiscal (o sea, no pagar impuestos) durante dos años; no pagar tampoco las cuotas de la Seguridad Social de sus trabajadores durante los dos primeros años; supresión de la ley antitabaco; permitir entrar a menores de edad y a ludópatas; acabar con los convenios colectivos mediante una modificación del Estatuto de los Trabajadores; privilegios legales para la contratación de trabajadores inmigrantes; flexibilizar los controles ante el blanqueo de capitales (o sea, que la Policía haga “la vista gorda”); etc.

A todo esto un Gobierno con un poco de personalidad y dos dedos de frente diría que no. Pero no es el caso de Catalunya o Madrid. E, incluso, del Gobierno central. Es más, el Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ya ha dicho que muchas de las leyes son revisables. .

¿Nos hemos vuelto locos? Ningún Gobierno debería venderse de la manera como Madrid o Catalunya se están vendiendo. Ni siquiera ante la suculenta oferta de creación de miles de puestos de trabajo en tiempos de crisis como los actuales. Hay que tener principios, y entre esos principios deben estar el ser íntegros y no aceptar paraísos fiscales y laborales al primero que pasa.

Es cierto que estamos en crisis, que hay un elevadísimo número de parados y que esos empleos irían de perlas. Pero ese no debe ser el modelo productivo y económico que debemos seguir. Nuestro modelo ha de ser de trabajo cualificado, de investigación y desarrollo. Es decir, no un modelo de “pan para hoy y hambre para mañana”, sino un modelo con el que se pueda crecer y seamos referencia europea y mundial.

Es hora de cambiar nuestro modelo. Pasar del ladrillo a la cualificación y la investigación, no del ladrillo al casino. Es el momento de hacerlo. Espero que nuestros Gobiernos sean lo suficientemente valientes como para escoger la vía correcta y no dejarse llevar por cantos de sirena.