martes, 3 de abril de 2012
Eurotrampa
jueves, 28 de abril de 2011
Lo que (no) debe ser una televisión pública.
martes, 19 de abril de 2011
Lost (Perdidos)
lunes, 3 de mayo de 2010
Un sinsentido más.
En esta vida hay cosas muy difíciles de entender. Tal vez sea porque tenemos la profunda creencia en todo lo contrario a lo que tenemos ante los ojos o tal vez sea porque nunca nos imaginamos que ocurriría. No lo sé. Pero lo cierto es que sucede.
El ámbito en el que más cosas difíciles de entender suceden es el de la religión. El halo misterioso que envuelve a todo lo relativo con las religiones, cualesquiera que sean, hace que no podamos, en algunas ocasiones, llegar a entender si, de verdad, hay algo detrás o no. Quizá, también, porque la raza humana necesita agarrarse a algo, creer en algo, cuando te vienen mal dadas y no entiendes por qué suceden las cosas.
Pero no tan sólo en el ámbito supraterrenal es difícil entender todo lo incluido en el ámbito religioso. De hecho, incluso, sería más fácil entender y dar una explicación a lo supraterrenal que al resto de cosas relacionadas con las religiones.
Una de esas cosas difíciles de entender es todo lo relacionado a la indumentaria femenina islámica y su afectación en las sociedades occidentales de hoy en día. O, en otras palabras, el rechazo que se vive hoy en día a que las mujeres islámicas lleven velo. El último caso lo hemos vivido hace pocos días en un instituto de Pozuelo de Alarcón donde se expulsó a una niña por llevar el velo islámico. No entraré a discutir si, en casos como este, prima más el derecho fundamental que tenemos todos a la educación y que está recogido en la Constitución (“La enseñanza básica es obligatoria y gratuita.”, artículo 27.4 CE) o el hecho de llevar a clase una prenda religiosa, puesto que cae por su propio peso que prima más la obligatoriedad de la educación que el llevar un trozo de tela en la cabeza.
Porque, a fin de cuentas, todo se reduce a eso, a un trozo de tela. El por qué lo lleve puesto ya es otro asunto, ya que el hiyab, o velo, es una prenda islámica que utilizan las mujeres para representar que son sumisas a Dios, no al hombre (que este es otro mito occidental: el hiyab no es un instrumento de sumisión de la mujer islámica al hombre, ya que el hiyab no es obligatorio llevarlo y, además, existen corrientes femeninas de apoyo a esta prenda como, por ejemplo, “Protect Hijab”, surgidas a raíz de la prohibición de llevar el velo en países como Francia o Países Bajos).
La respuesta más fácil a este asunto es decir que “la normativa del centro dice que no puede ir nadie que lleve la cabeza tapada”. En ese tipo de normas estoy medianamente de acuerdo, puesto que es de tener muy poco respeto el que el profesor esté explicando y se encuentre que en clase hay cuatro o cinco chavales que van con gorro o capucha, ya que es una actitud que denota poco interés. Pero, ante esa misma norma, ¿verdad que nadie se asombraría ni se rasgaría las vestiduras porque una monja con toca (el hábito que utilizan las monjas y que les cubre la cabeza) fuera al centro a dar una charla? La respuesta primera sería “es que es una monja”. ¿Y? ¿Acaso no está contraviniendo las normas del centro, que dicen que no puede ir nadie con la cabeza tapada?
El problema principal surge en la propia norma del centro (aunque, si ahondamos más, incluso se podría decir que el principal problema es que cada centro educativo tenga sus propias normas y que no sean iguales en todos los centros) puesto que, en un principio, se hizo para casos como los que he señalado antes: gorros o capuchas, sin pararse a pensar que hay religiones que utilizan como símbolo de pertenencia a dicha religión una prenda de vestir que cubre la cabeza. Por eso he dicho que estoy “medianamente de acuerdo” con la norma, porque debería exceptuarse que, en caso de que la prenda que cubre la cabeza sea religiosa, sí se pudiera acceder al centro. De lo contrario estaremos privilegiando, sin quererlo, una religión sobre otra (ya que sí que pueden acceder los niños que lleven cruces y no las niñas que lleven velo).
Así pues, el espíritu de esta reflexión viene a decir que no entiendo por qué un niño con cruz o una monja con toca sí que puede ir a un colegio y, en cambio, una niña con velo no, si todos son símbolos religiosos.
La solución al problema, aunque no lo parezca, es muy fácil: cambiar la normativa de según qué centros para que no puedan acceder a él chicos o chicas que lleven prendas que les cubran la cabeza, a menos que éstas sean religiosas. Es una solución fácil, rápida y sencilla que, a su vez, acabaría con este tipo de polémicas que lo único que hacen es avivar el fuego de según qué sectores contrarios a gentes provenientes de otros países, en especial, de países musulmanes.
Pero, para hacerlo, hace falta voluntad, cosa que en este país, en muchas ocasiones, brilla por su ausencia.
martes, 11 de agosto de 2009
Adiós, Dani
miércoles, 17 de junio de 2009
La sanidad norteamericana: ¿modelo a seguir o modelo de marginación?
sábado, 14 de febrero de 2009
El futuro sanitario.
El sistema sanitario español se encuentra en un momento el cual podríamos denominar “crítico”. En un período de crisis económica, en el que el sistema económico tanto español como mundial no es nada bueno, se pretende que la sanidad pública española continúe ofreciendo las mismas gratuidades o, incluso, más servicios gratuitos. Ese montante económico no es posible de asumir por las arcas públicas, debido al fuerte gasto que ya realizan en este servicio.
La sanidad es el servicio público al cual se destina una partida presupuestaria mayor y, aún y así, debería tener una mayor financiación para dar un servicio más acorde a las necesidades de la población. Es por ello que se han dado dos alternativas al sistema sanitario español actual: el copago y el sistema mixto, o lo que es lo mismo, o un sistema en el cual tienes que pagar un precio simbólico sobre el servicio que consumes, o bien un sistema en el cual es una empresa privada quien construye y gestiona los hospitales hasta que tiene beneficios y, entonces, son traspasados al gobierno autonómico.
Países como Finlandia (país puntero en sanidad y bienestar social), Alemania o Suecia tienen un sistema de sanidad con copago y son de las mejores sanidades de Europa y del mundo tanto en el ámbito de los profesionales (médicos, farmacéuticos…) como en el de los usuarios. Y, ¿por qué no se implanta aquí también un sistema así si es tan bueno? Por el profundo rechazo que provocaría en la masa social el hecho que ahora, por un servicio público como la sanidad, se tenga que pagar mientras hasta ahora ha sido gratuito. Pero, más que nos pese, si queremos seguir teniendo un sistema sanitario de calidad, equitativo y eficiente, tenemos que hacer un esfuerzo. Y, si ese esfuerzo es económico, se tendrá que hacer. Lo que no es posible es que queramos tener lo mejor y que, además, sea gratis.
Otro “punto negro” que resolvería este sistema sería la masificación. En España se va al médico una media de casi 10 veces por persona y año, muy por encima de la media de los países de la OCDE, donde van 6,8 veces. Según los expertos, nos estamos convirtiendo en una sociedad medicodependiente. A veces vamos al médico por el simple hecho de que es un servicio gratuito y eso repercute mucho en las arcas de la sanidad pública española. En cambio, con el sistema de copago, el hecho de pagar cada vez que se va al médico o al hospital, haría que la gente se lo pensara mejor y eso contribuiría a la reducción de la masificación en ambulatorios y urgencias hospitalarias.
El sistema mixto, por otro lado, consta de hacer que una empresa privada construya y gestione los hospitales y los centros de salud de un ámbito geográfico determinado por un determinado periodo de tiempo. A cambio, el gobierno autonómico, paga lo que se llama, el sistema capitativo, es decir, una cantidad de dinero fija por cada usuario adscrito a esa zona, independientemente del uso que hagan del servicio. Al finalizar ese período de tiempo, la concesión la toma el gobierno autonómico. Este modelo se lleva implementando en la localidad valenciana de Alzira desde hace diez años y se ha extendido por más zonas valencianas e, incluso, por la Comunidad de Madrid.
El objetivo de este sistema es trasladar la eficiencia del sistema privado al sistema público y, también, sanear las arcas públicas y aliviarlas del gasto que supone construir y gestionar hospitales.
Pero, los detractores de este sistema argumentan que, a raíz de aquí, se puede ir a un estado de privatización de la sanidad. Además, sostienen que este sistema tampoco es tan barato para las arcas públicas.
Aún y así, un estudio de la propia Generalitat Valenciana dice que gran parte de los usuarios, el 91%, valora muy satisfactoriamente el sistema de gestión mixto.
En mi opinión, tanto debe importar el nivel de satisfacción que den los usuarios al sistema, como el dinero que se ahorren las arcas públicas, y más, en tiempos como los actuales, marcados por la crisis económica y financiera. Así pues, según mi opinión, el sistema que mejor se adapta a este entorno es el del copago.
Un sistema donde se tenga que pagar un precio simbólico, no abusivo, a cada paciente por el hecho de ir a consulta y que, con este dinero se autofinancie la sanidad, es una buena medida para dar un respiro a la financiación sanitaria y, de paso, descongestionar las consultas de los médicos y de los hospitales. Gente que va al hospital porque simplemente tiene un resfriado se lo pensaría mejor a la hora de ir e iría, seguramente, a los centros de atención primaria.